Publicado en Arte

Breve relato sobre las Residencias de la Universidad Nacional

De las cenizas del Bogotazo al frustrado proyecto urbanístico que quiso desarrollar Le Corbusier, la historia de Bogotá parece ser un relato de tenacidad y decepciones. En medio de esa vorágine de acontecimientos y crecimiento desmedido, el paisaje urbano ofrece testimonios de las esperanzas y las heridas que se han ido acumulando por años. Un ejemplo peculiar se encuentra en la localidad de Puente Aranda, en una de las zonas más reconocidas por los capitalinos: el Centro Urbano Antonio Nariño. O, de cariño, el Centro Nariño.

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Concebido en la década del 50, el Centro Nariño fue pionero en un nuevo estilo de urbanización, siguiendo los lineamientos de la arquitectura moderna. Se construyeron 23 edificios que con el pasar de los años se han convertido en un referente para los capitalinos. Sin embargo, en él se alza un edificio incompleto, un monumento a la herida: la Corporación de Residencias Universitarias. La torre alberga a estudiantes de la Universidad Nacional en situación vulnerable. Cuenta con 142 apartamentos y entre sus pasillos conviven estudiantes de regiones rurales, familias y estudiantes que no pueden aspirar a pagar más. Sin embargo, la estructura está dividida en dos, por un muro que separa los apartamentos del ala inconclusa del edificio.

Por años se ha discutido la finalización del edificio, sin resultado alguno. Mientras tanto, se ha convertido en set de grabación, en foco de curiosidad de los que conocen su historia y en un lugar donde las palomas pueden morir en paz. Como la serpiente que se devora a sí misma, Bogotá crece y se destruye. A cada mordisco que la hiere, se gesta una esperanza.

 

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